viernes, agosto 08, 2008

Diario del Punchador [Epílogo]

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Algún bien hago a los hombres. Al menos este vaivén miserable no es del todo vano. A los melancólicos incurables, a los desesperados que temen el paso del tiempo, que miran con tristeza el cambio sin freno que sufre cuanto los rodea, preguntándose a dónde van esas cosas que ya no son, si es que a algún lado van, a ellos les digo que sí, que las mascotas se mueren, que las plantas se secan. Que el empapelado se cae, que las novias nos dejan y que lo que es blanco se vuelve amarillo. Y que todo esto sería intolerable si no existiera yo. Así es, yo, el punchador. Porque cuando la angustia de lo irreversible les esté destrozando el corazón, cuando miren el espejo y encuentren a un extraño, aquí seguiré yo, cumpliendo este ciclo eterno y ridículo de renunciar a un taller de bordados para entrar en otro.
Este modo de operar es tan inconsistente con lo que parece ser mi deseo, tan simétrica y tan imbécil es su repetición, que ha quedado fuera de lo que la psicología es capaz explicar. Ciencias de mejor reputación, como el ocultismo y las carreras de caballos, tampoco hicieron aportes significativos. Pero yo estoy seguro de que una explicación debe existir.

Hoy renuncié a mi trabajo. Otra vez. Volví a casa caminando, con el cerebro en silencio. Me preparé un mate y prendí un cigarrillo. Pedí sensatez. Creo que no me la dieron, porque a continuación escribí: "Tal vez yo sea –lo digo con humildad- el eje del universo. La constante que necesita para no desbaratarse, de donde pueden aferrarse los hombres para no perder la cordura, cuando sientan que todo esta sujeto a la transformación y a la muerte." Cerré el cuaderno, y la súbita conciencia de haber desperdiciado otros tres minutos de mi vida en anotar algo así, me hizo llorar.
Ahora bien, dejando a un lado estas muy cuestionables líneas, quiero hacer, con la impunidad que me caracteriza en estos casos, un anuncio final. Suponiendo que exista una relación -de la que hasta ahora no tengo pruebas- entre lo que quiero hacer y lo que finalmente hago, ya no volveré a punchar.

martes, octubre 23, 2007

Diario del Punchador [Final]


Porque de una pesadilla también te despertás. Porque el punchador me cansó de muerte. Porque sí. Le bajo la persiana a este lugar. Y lo hago tarde, cuando ya casi no importa, porque

no puedo parar

de quedarme quieto.


Se me hace tarde, y tengo mucho trabajo.

Hasta otra vez.

jueves, junio 07, 2007

Diario del Punchador [9]


Necesito el dinero.

Con el paso lento de quien marcha al patíbulo me dirigí al lugar en que, si la entrevista laboral prosperaba, tendría lugar mi segunda época como punchador. El aviso clasificado que impulsó semejante decisión contenía las seductoras palabras medio tiempo. Seductoras e imprescindibles, porque no pienso volver a pasarme la vida en una oficina, de eso estoy seguro. Pero dejemos por el momento las afirmaciones audaces, no vaya a ser que el futuro me encuentre leyéndolas en circunstancias que las invaliden, llorando, apretando los puños y preguntándome cómo dejé que mi vida se convirtiera en esto.
Llegué a la dirección indicada en el aviso. La fachada era más bien triste: una puerta de vidrio color azul opaco, pintado del lado de adentro. Toqué timbre. Enseguida me abrió la puerta el estereotipo de un empleado fabril; me hizo pasar y con un gesto me preguntó qué quería. Le dije que yo era punchador y que había hablado por teléfono con Shylock, dueño del taller, quien me recibiría a esa hora. El joven estereotipo pestañeó muchas veces; no parecía comprender. Tuvimos la siguiente conversación:
- ¿Ponchador?- preguntó.
- Punchador, sí.
- ¿Ponchador?
- El punchador, tengo una entrevista.
- El ponchador.
- Sí. Vengo a ver a Shylock.
No creí que fuera tonto, creí que estaba nervioso y no sabía si dejarme pasar, porque a cada palabra miraba sobre su hombro, como esperando que alguien llegase a relevarlo de su incómoda responsabilidad. Estábamos en una sala vacía y diminuta, detrás de la cual se oían, inmediatas, las máquinas bordadoras. Me miró y se fue para el fondo sin decir nada. Treinta segundos después concluí que el muchacho era un idiota del que nada debía esperar, y como si estuviese en mi casa me mandé para el fondo. Atravesé una abertura en la pared y obtuve una vista global de la planta, la cual me deparó en el acto tres revelaciones:
1) En el aviso clasificado que leí, figuraba en letras mayúsculas el nombre de la empresa. Me pareció un nombre extraño, y decidí creer que se trataba de un desafortunado error de impresión. Ahora entendía que era correcto.

2) Mi teoría del muchacho que me recibió también era correcta. A nadie había avisado que yo estaba ahí; trabajaba en su máquina y evitaba mirarme. Un idiota.
3) No pude evitar la comparación entre la dinámica complejidad de Textil Corp. y el espectáculo paupérrimo y moribundo que se desarrollaba ante mis ojos. Mi segunda época como punchador sería, sin dudas, menos brillante que la primera.
Arriba, desde un balcón interior, me hacía señas un hombre de barba blanca.
- ¿Emiliano?
- Sí.
- Subí.
Crucé un pasillo formado por hombres y máquinas (tres hombres y tres máquinas, todo el personal) y trepé la escalera. Me recibió una mano extendida.
- Shylock, encantado.
- Emiliano… igualmente.
La segunda planta era, si cabía, más deprimente que la primera. El moblaje consistía en una mesa y dos escritorios que parecían de cartón, ridículamente arrinconados en un ángulo del fondo, como si faltara espacio. El resto era un amplio vacío de paredes desnudas y mugre. Imaginé a Shylock y sus empleados utilizando aquel lugar en sus ratos libres como pista de baile o patinaje, ensayando coreografías para ofrecerme un fabuloso show de bienvenida, pero la visión no me animó. Lo acompañe hasta su “oficina”, donde esperaban dos hombres sentados a la mesa, el resto del equipo ejecutivo. Nos sentamos también nosotros y me los presentó.
- Él es Fredo, encargado general.- Fredo inclinó la cabeza, me sonrió y dijo hola qué tal. Le calculé unos cuarenta y cinco años mal llevados.
- Y él es Shylock Junior, mi hijo. Le decimos Junior a secas.- Junior debía tener veinticinco años y alguna clase de autismo leve, pues no dio señales de saber que se hallaba en una reunión con otras personas.
Pasamos directamente a las negociaciones. Yo expresé la suma –moderada, a mi juicio- que pretendía ganar. Se produjo un silencio, en el que ellos cruzaron miradas de alarma. Concluido el diálogo de ojos, ofrecieron un número sustancialmente menor. Lo pensé. Si administraba tal cifra con rigor, quizá pudiera evitar la muerte por inanición, al menos durante dos o tres meses. No, no era conveniente. Discutimos un rato y llegamos a un acuerdo intermedio.
- Empezás mañana.- dijo Shylock satisfecho, y todos nos pusimos de pie.
Mi cara no debía mostrar la menor alegría y Fredo pareció notarlo, porque en el acto emprendió, con tono de arenga, la innecesaria exposición de sus proyectos para mi espacio personal de trabajo. Eligió al azar un lugar en la pared, lo señaló y dijo:
- Ahí. Ahí vas a tener tu escritorio y tu computadora, porque te vamos a comprar una computadora, es usada, pero está muy bien, ya la tengo vista; una silla, ah, tengo que poner una luz también, y bueno, por ahí un biombo como para que estés más tranquilo. ¿Qué te parece?
Era imposible entusiasmarse. Le aseguré que todo era genial y dije que me tenía que ir. Era suficiente por un día; si me quedaba cinco minutos más iba a empezar a deprimirme en serio. Shylock me acompañó a la salida. Nos dimos un apretón de manos y nos dijimos hasta mañana. Cuando cruzaba la puerta, me tocó el hombro.
- Ah, Emiliano…
Me di vuelta y lo miré inquisitivo.
- ...bienvenido a Bordados Caca.
Sonreí como pude y me apresuré a salir.

viernes, marzo 23, 2007

Mi estupidez [2]

Marzo 2007, Mar del Plata.

Ya de tarde, con el último sol, volvía del almacén caminando y cantando plácidamente, con una agradable provisión de yerba, cigarrillos y una bolsita de pan a la que cada tantos metros le pellizcaba algún que otro bocado. Sin embargo, no me sentía muy alegre; con el canto intentaba esconder de mí mismo esta circunstancia, pero no había mucho que hacer: las calles vacías, el viento frío y el inoportuno cadáver de una paloma no dejaban lugar para el engaño. Seguí caminando. Poco antes de llegar a mi casa, desde la vereda de enfrente, me llamó una señora. Estaba sentada en un banquito, contra el umbral de una puerta; con una mano pedía que me acercara, con la otra, al igual que yo, se llevaba pedazos de pan a la boca. Vacilé un momento. Todavía estaba a tiempo de hacerme el distraído y seguir adelante, impulsado por el hábito de ignorar a la gente extraña. Pero vamos, se trataba de una señora ¿cómo podría hacerme daño? La visión de mi departamento vacío y silencioso y la oportunidad de postergar aunque fuese un minuto aquella soledad me decidieron. Masticando, crucé la calle y me paré frente a ella. Su volumen era notable. Un vestido negro con motivos de flores naranjas y rojas cubría su redondez hasta los tobillos. En la cabeza, un pañuelo también floreado recogía el abundante y desprolijo cabello negro. Era casi vieja, y su aspecto general sugería poca higiene. La suma de todos estos rasgos formó en mi mente una palabra inequívoca: gitana.
Como no decía una palabra, hablé primero.
-Sí.
-Tú me has caído en gracia – explicó.
-Que bien – contesté.
-Me has caído en gracia y quiero ayudarte. Tu estas mal, estas triste.
Lo decía entrecerrando los ojos, dándose aires de estar adivinándome algo muy secreto y muy íntimo, como si yo no lo llevara – como lo llevaba – tatuado en la frente.
-Ahá – suspiré con indiferencia. No se acobardó.
-El amor, tú estas mal del amor, una mujer…- hablaba con una voz aguada, con palabras poco delineadas. Entender era un esfuerzo.
-Sí, algo así.
Ya estaba cansado, me quería ir.
-Su nombre, cuál es su nombre – fue la pregunta que atrapé de una oración mucho más larga.
-Emiliano.
-¡No!, la mujer, el nombre de la mujer – casi me gritó.
-Oh… - primero con rubor, luego recapacitando – mire, no hace falta, en serio, yo prefiero no…
-Vamos, su nombre, su nombre…
-…
Le di el nombre. Inmediatamente se inclinó, tomó la punta de su vestido y arrugándolo rítmicamente comenzó a recitar un incomprensible conjuro. Anhelé mi departamento solitario.
-Le tiene envidia, la mujer le tiene envidia.
-No creo, señora, usted no…
-Mucha envidia, los amigos, la familia, envidia…
Era como escuchar una radio mal sintonizada.
-Ponga dinero aquí, para hacer la cruz - ordenó enigmáticamente la gitana ahuecando la tela de su vestido.
-No tengo plata - mentí.
-Vamos, no le va a robar, no le va a robar, no es para mí es para la cruz - y continuaba recitando.
-Bueno, si es para la cruz…- bromeé para mí mismo y deposité unas monedas en aquella máquina de aburrir. Me las devolvió.
-Billete, un billete para la cruz.
-Billete, claro, que tonto.
Melancólicamente extraje del bolsillo un billete de dos pesos y se lo extendí. El conjuro pareció cobrar fuerza.
-Más grande, un billete más grande – pidió la gitana, en lo que parecía el éxtasis de la magia.
-No, basta, no tengo más - volví a mentir.
-Sí, sí tiene – dijo ella con vivacidad, señalando el rostro sereno de don Manuel Belgrano, al que estúpidamente había dejado asomando fuera de mi bolsillo.
No me quedaba fuerza. Se lo di.
-Más billete, uno de cincuenta, tú tienes uno de cincuenta, tú estas mal de salud.
-Estoy perfecto, y no tengo más plata.
-Sí, si tiene.
-¡No tengo más, se acabó! – di vuelta mis bolsillos.
Asintió y seguidamente pronunció unas palabras extrañas que concluyeron el hechizo. Después dijo:
-Bueno, ahora me va a dejar esto – apretaba los billetes – para que le vaya bien.
-Dijo que me los iba a devolver.
-La salud es lo más importante.
-Ya le dije que estoy perfecto. Usted me mintió.
-No, es para que le vaya bien – insistió, e inesperadamente depositó un escupitajo sobre mi plata, derramando a la vez una buena cantidad de saliva en su rechoncha mejilla. No se limpió.
Simulando no inmutarme por aquel repugnante acto, francamente harto y mucho más dispuesto a contraer hepatitis o cólera que a renunciar al infecto manojo de dinero que aquella detestable gorda me negaba, intenté una última jugada.
-Yo confié en usted – articulé con todo el patetismo que me fue posible.
Algo se relajó en ese rostro embustero. Tal vez algún escrúpulo, sin duda producto de un error genético en su implacable naturaleza gitana. Como si me estuviera haciendo un favor, alargó el billete de diez pesos.
-Nada más dos pesitos para mí, para que le vaya bien.

Créanme, era un favor enorme. Satisfecho por la negociación, me fui. Tan contento estaba que hasta creo le dije gracias.

sábado, marzo 03, 2007

Diario del Punchador [8]


Me siento mucho mejor.

Estuve muy cerca. Bueno, en realidad, no estuve muy lejos. Digamos que pude atisbar, siquiera un instante, ese milagro para muchos tan común que se llama estabilidad. Familia, amor, trabajo y otros elementos de mi vida parecían por primera vez enlazados con alguna coherencia. Pero, ¡ay!, que fugaz fue todo y debo decir que, en honor a la verdad, no esperaba más de mí. Porque actué con más fe que conciencia. Porque fui más una pasiva esperanza que un acto. Me puse un poco nervioso. Y eso, para un malabarista torpe e inexperto como yo, es fatal. En mis manos, la coreografía de pelotitas vaciló: una de ellas cayó y se destrozó. Sí, era la más linda. ¿Qué hice entonces? Lo que hago siempre: tiré las demás por encima del hombro. Porque siempre es todo o nada y casi siempre, nada. Una filosofía discutible, lo sé. Y entonces no pude seguir trabajando (esto ya es vicio) por la simple razón de que los horarios en que un punchador debe recibir trabajo y trabajar no coincidieron más con los míos. Ahora dormía de día y pasaba las noches despierto. Porque la noche alimenta y cura el alma. Por eso y porque de noche esta socialmente mejor visto emborracharse. Por suerte no perseveré en esa línea, y después de haber amanecido en un paraje desolado y de difícil egreso, bastante deshidratado y con escaso capital, decidí terminar con ese tema. Solo conservo la dulce gimnasia de fumar un cigarrillo tras otro, única disciplina, hasta donde sé, en la que he demostrado inflexible rigor a través de los años.
Con todo, hoy me siento mucho mejor. Con el ánimo repuesto me encaminé hacia lo de un cliente que había dejado abandonado en estas últimas y malas jornadas, para cobrar algunos trabajos atrasados. Ya iba preparado con respuestas a todos los reproches que seguramente recibiría por haber desaparecido, pero me encontré con un panorama muy distinto: una insólita diligencia que no se interrumpió ni siquiera para dar lugar al antiguo ritual de discutir mis tarifas, además de una excesiva cordialidad. Como si se estuvieran despidiendo de un amigo. Faltaba que me dieran un ramo de flores. Sospecho que no van a requerir más mis servicios, pero bueno, peor para ellos, cuando necesiten algo de magia van a volver, yo esta película ya la vi. Con las monedas que me pagaron pienso hacer algo bueno por mí: si todo sale bien voy a llevar este cuerpito a Mar del Plata, a mi departamento, mi bastión contra el sinsabor, el lugar en donde te puedo devolver la sonrisa. Están todos invitados, claro.

lunes, febrero 12, 2007

Mi estupidez

Enero 2007, Mar del Plata.

En mi departamento.

Maury declara en voz alta que va a preparar té y se introduce en la cocina. Al rato me llama; voy y lo encuentro algo ofuscado, me dice que lo intentó pero que no pudo prender la hornalla, que no entiende cómo funciona. Descubro que dejó la perilla abierta al máximo y percibo un considerable olor a gas. Le digo algo en el sentido de que es bastante inepto e imprudente, y aunque estoy casi seguro de que el gas continúa saliendo, acerco mucho la cara a la hornalla intentando captar el sonido. Lo escucho fuerte y claro al mismo tiempo que noto, con más vergüenza que pánico, el cigarrillo encendido que cuelga de mis labios.

domingo, febrero 11, 2007

Diario del Punchador [7]

No tengo deseo alguno de historiar los acontecimientos de los últimos tiempos. Juro que este diario puede prescindir de ellos para su propio bien. Omitiré entonces la fastidiosa crónica, que de todas formas no sabría contar con claridad, y me limitaré a los hechos mas destacados.

Cierto día, hacia finales de noviembre, mi mente generó un Error Win32. Y ya no pude seguir yendo a trabajar.
Mis relaciones con J… quedaron casi en bancarrota.
Vagué por la costa atlántica, solo y acompañado.
Volví a casa.

Esta es, despojada de toda humanidad y de cualquier pista que pueda indicar lo que en realidad sucedió, la historia completa y oficial. La otra sigue girando en mi cabeza, a mucha velocidad, y no puedo sondearla. Aún.

Hace unos días tuve que pasar por Textil Corp. para cobrar un dinero pendiente. J… había salido; me quedé a esperarlo. Saludé acá y allá y gané mi antiguo escritorio. Nadie había ocupado mi lugar. “Soy irremplazable”, dijo muy satisfecho alguien en mi cerebro. “O completamente superfluo”, le contestó otro, quizá más razonable. Se inició una discusión en la que no quise tomar parte, así que los dejé peleando y relajado me dispuse a contemplar el ambiente. Enseguida me atrapó la olvidada sinfonía: el interminable y lejano rumor de las máquinas, el manso crepitar de un teclado vecino, la metálica tenacidad de la impresora. Comencé a sentir primero una lenta nostalgia y después noté que asomaba una sonrisa; ¿creerán que estuve a punto de pensar que yo extrañaba ese lugar? “Que fácil que sos, por dios, que pensador cómodo, ¡negligente!, sacate esa ternura imbécil de la cara y mirá bien, haceme el favor…”. Y entonces vi.
Vi las mil veces en que yo había estado ahí, en el mismo lugar en que ahora estaba. Me vi despertando mil mañanas, asfixiado por la obligación, con el sueño incrustado en el cuerpo, y cada una de esas mañanas mi imagen en el espejo del baño, desfigurada de cansancio, que llegó con el tiempo a ser un autorretrato, al que cariñosamente bauticé “Anticipando la jornada”. Mil veces miré la hora antes de salir y mil veces era tarde. Vi, paso por paso, la formación del personaje que involuntariamente me creé – y por el cual llegué a sentir un profundo asco -, para encajar, para moverme mejor, para comunicarme. Para notar después, con alguna desesperación, que aquel personaje existía más que yo. Vi también al enorme J…, abarcándolo todo, y a todo mimetizándose con él, luciendo el color de su ánimo; vi la persistencia de su rigor, que nunca se quebró, su violencia y sus buenas intenciones, su brusco amor. Y vi otros pormenores ingratos: el valor ritual del almuerzo, perdido y cambiado por su valor funcional, las horas saturadas de actividad, las horas muertas, la impresión de estar recluido, la pérdida del sol (muy importante para mí), la misteriosa amargura de las tres de la tarde.
Mientras yo veía todas estas cosas, seguramente con la mirada perdida en el infinito o jugando al buscaminas, no lo recuerdo ahora, llegó J…, y con un ademán me condujo a su oficina. Luego de saldadas las cuentas y de una incómoda conversación, casi telegráfica, me fui, con alivio de irme.
Despues de todo esto, lo que voy a confesar puede parecer extraño: el día de hoy he vuelto a punchar. Así es. De forma independiente, desde la (in)comodidad de mi hogar esta vez, retomo mi actividad primitiva. ¿Siempre se vuelve al primer amor? ¿Me estoy quedando sin guita y soy demasiado haragán para encontrar otra ocupación? No lo se, como tampoco se si es posible la continuidad de este diario sin los modestos horrores que prodigaba Textil Corp. Tal vez sea peor así.

Dos sueños chotos

Hace tiempo, no mucho en verdad, que no duermo once o doce horas, tal como hice esta noche. Lo que me llama la atención es que esta vez, y esto sí hace tiempo que no lo consigo, recuerdo mis sueños con aceptable fidelidad.
Breves, aburridas, algo tontas, pero muy sentidas por mí mientras se desarrollaban, son estas dos historias soñadas.

Era de noche, estaba en Borges y Paraguay, y la luz naranja de los postes se reflejaba en el pavimento mojado. Iba con amigos pero no se con cuales. Por el medio de la calle paso galopando un caballo negro; yo sabía que era el caballo del Zorro y como no recordaba su nombre tardé un poco en decidirme a cómo llamarlo. Cuando estuvo a más de media cuadra de distancia, lo llamé como lo haría con un perro, esto es poniendo la boca en trompa y chupando aire. Para mi sorpresa dio media vuelta sin detenerse y vino hacia mí. Claro que cuando llegó siguió de largo, y entonces corrí a la par suya gritando cosas como “soooo” y otros ruidos extraños. A la cuadra paró. Me di cuenta de que, si bien no cabía duda de que aquel caballo era Tornado (sí, despierto recordé el nombre), era demasiado chiquito para serlo. Bueno, que me importa, lo monté igual. Anduvimos por Borges hasta Santa Fe y de vuelta hasta Paraguay. Un caballo insoportable. Yo quería galopar pero el señor no, que me freno cada dos metros, que sacudo la cabeza, que relincho, ma´andate a lavar el culo. La verdad que me pudrí. Cuando desmonté, una señora muy hermosa, casi joven, muy bien arreglada, me hizo saber que el caballo tenía treinta años. No tengo idea de cuanto viven los caballos, pero en el sueño supe que aquel, con esa edad, estaba de última. Sentí pena por haberme enojado con Tornado y me quedé hablando con la señora, que tenía un hijo apenas más joven que yo.

Mucho más breve, aburrido y significativo es el sueño que sigue.


En una especie de parque de diversiones o feria yo había arreglado encontrarme con Mariela a una hora determinada. Esa hora ya había pasado y me fui a esperarla subido a un techo desde donde podía ver el lugar al que ella debía llegar. Un dato irrelevante, porque nunca llegó. A la media hora pensé “me plantó”. Me dije que si no aparecía en diez minutos, me iría. No apareció. “Qué manera de terminar las cosas” pensé mientras me iba.

sábado, septiembre 30, 2006

Diario del Punchador [6]

Viernes 29/9/06

Un día poco envidiable.

Al despertar esta mañana, no sentí el invencible cansancio de siempre, ni gestioné con Los Jueces De La Cama, como suelo hacerlo en la confusión del sueño, las habituales postergaciones para levantarme.
La experiencia me demuestra que de la furia y de la desesperación provocadas por el acto salvaje de madrugar -solo para entregarse horas larguísimas al ejercicio de tareas ingratas-, nacen las fuerzas para realizarlo. Pero esta mañana fue diferente. Del cuerpo estéril que hoy amaneció en mi lecho nada pudo nacer. Sin inquietud me levanté, apagué el despertador y me devolví a la cama. Vacío de voluntad, y tendido de espaldas, libré una encarnizada batalla, de igual a igual, contra el techo: ¿cuál de los dos pestañearía primero? No sé quién hubiera vencido, porque entonces el teléfono comenzó a sonar una y otra vez interrumpiendo el duelo, pero debo decir que me tenía fe. Quien telefoneaba era, sin duda, J…, requiriendo mi presencia en sus dominios. No atendí el llamado, pero tampoco vi la conveniencia de utilizar ese tiempo que ganaba urdiendo alguna excusa no del todo absurda que justificase mi demora. Solo pude pensar en una sola palabra, que se formuló casi como una pregunta en mi cerebro muerto: “¿punchar?”.
No cumplí otros procesos mentales hasta muy avanzado el mediodía, cuando poco a poco fui comprendiendo que, inexplicablemente, había faltado al trabajo.
Y entonces sí, por supuesto, el temor, la especulación, la angustia y un montón de cigarrillos pujando para entrar a la vez, y yo defendiéndome mal, ofreciéndole a nadie el penoso espectáculo de mis espasmos físicos.
Por milésima vez, teléfono. Atendí rendido.

Yo: - Hola.

J…: - Ah, estás vivo. Estaba preocupado.

Un golpe bajo. Mucha culpa.

J…: - ¿Por qué no viniste?

El tono aún es suave, porque espera (de seguro sin esperanza) un alegato lógico, o uno torpe, que al menos le ahorre el trabajo de enfurecerse. Llegó el momento de defraudarlo.

Yo: - No tengo nada que decir. Primero se me hizo tarde, y después no fui. Disculpame por no llamar, estuve mal.

J…: - Okay.

Es curioso como puede caber tanta dureza en dos sílabas.

J…: - Buen fin de semana.

Un "chau" desprovisto de ironía no me hubiese caído mal, pero gracias de todas formas.

Eso fue todo. El resto del día lo pasé barajando posibles escenas del lunes que me esperaba. Qué escenas, mi Dios. Veremos que pasa.

sábado, agosto 26, 2006

Lo Mismo Daba

La había visto pasar por el frente de mi negocio varias veces. Ella me gustaba. Un día, harto de mi cobardía, le salí al paso sin premeditación. Esta circunstancia, en mí, prefigura un error.
- Hola.- dije con una sonrisa que creí adecuada.
Como yo buscaba un rastro de simpatía, o algún signo de complicidad, o cualquier otra cosa excepto el gesto de desconcierto que me devolvió, experimenté una pequeña punzada de pánico. Tan poca es mi destreza en el arte de seducir, que ya en esa fase -muy preliminar- de mi asalto me sentí casi fuera de combate.
Pero vi que le temblaban los labios y por ello interpreté –no recuerdo ahora por qué, ni lo imagino- que su desconcierto era fingido. Recuperé el aplomo y pregunté:
- ¿Cómo te llamas?- con una solemnidad tan ingrata como involuntaria.
- Rosario- articuló ella resignadamente.
Por desgracia soy más rápido que mi espontaneidad. Cada ocurrencia hija suya, que debería, por su misma naturaleza, llegar sin interrupciones a mi boca, sufre en algún punto de su breve viaje ciertas modificaciones que les impone mi perturbado sentido del humor. Atendiendo lo anterior, lo que debió haber sido un “¡Rosario, que hermoso nombre!”, mutó horriblemente y llegó a ser un “¡Rosario, como esos dispositivos que usan los católicos para exigir milagros!”.
¿Qué había hecho? ¿Era posible haber contestado ese engendro? No era gracioso, no tenía ingenio, de ninguna manera había sido pronunciado con gracia, y, por si fuera poco, era probablemente una ofensa. Pero, a treinta segundos de conocerla, fue precisamente lo que dije. Comprendí que era el final. El momento era insalvable, pero aun no terminaba; en su confuso gesto pude ver que no había alcanzado a entender bien mi respuesta. Presentí un arrollador “¿qué dijiste?” y preparé el cuerpo. Sudado y con los músculos desechos de tensión, cerré los ojos.
Ella pareció reaccionar:
- ¡Ja ja, gracias!- dijo y sonrió enormemente.
Si se le hubiese desprendido un brazo no me hubiera sorprendido tanto.
“Ja ja, gracias”, pensé. No tiene ningún sentido.
Sin embargo ella seguía ahí, plantada con su sonrisa. Un claro bienestar comenzó a recorrerme. Entendí y me relajé: yo le gustaba mucho.

miércoles, agosto 16, 2006

Pensamientos Heroicos

Durante un viaje en colectivo, me aboqué sucesivamente a tres fantasías.

En la primera, camino por la calle Paraguay, y en la intersección con Godoy Cruz encuentro a V. siendo asaltada por dos delincuentes. Uno la amenaza con un cuchillo mientras el otro le forcejea el bolso. Sigilosamente me acerco y con movimientos precisos los domino; luego los ahuyento con poderosas palabras y patadas. Ella, aun temblando, me besa y me abraza, muy agradecida. Yo, majestuosamente tranquilo, guardando sus manos en las mías le susurro: “Ya paso todo”.

En la segunda, estoy en un supermercado, pagando mis compras. En la caja contigua, por casualidad esta V., en la misma situación. En el momento en que alza la vista y me advierte, entran ladrones que gritan y blanden pistolas. Vacían las registradoras. Antes de irse, uno se para frente a V., le apunta a la cara y dice: “Esta viene con nosotros”. Lento, resuelto, me interpongo entre ella y el arma: “Voy yo”. Llega la policía. Mientras negocian, un brazo de ladrón rodea mi cuello y el otro me aprieta el cañón contra la sien. Mi expresión es recia, imposible. Finalmente se entregan. V. corre a mis brazos y me besa; suavemente la separo tomándola por los hombros. Nuestros ojos se encuentran y con ternura le pregunto: “¿Vos estas bien?”.

En la tercera, paseo por el Jardín Zoológico. Comienzo a notar cierta tensión entre la concurrencia. En eso encuentro a V., con su novio. Nos saludamos. Algo nerviosa, comenta: “Parece que el leopardo se escapo de su jaula”. Con mi visión periférica distingo una móvil figura amarilla. El novio de V., presa del pánico, nos abandona a la carrera mientras gime sin control. El leopardo salta, fauces abiertas y garras extendidas, en dirección a V. Le interrumpo el vuelo con una certera patada en al flanco. De inmediato se reincorpora y viene directo hacia mí. De alguna manera logro sacarme la camisa y enrollármela en el brazo a modo de escudo, justo antes de la embestida. Nos revolcamos por el piso, sus mandíbulas quieren cerrarse sobre mi cuello, pero las detengo. Un par de zarpazos me cruzan el pecho y comienzo a sangrar. Cuando empiezo a perder la fuerza, varios cuidadores del lugar disparan dardos tranquilizantes sobre la bestia, que se deja caer inmóvil a lo largo de mi cuerpo. Con bravo ademán me la quito de encima y me levanto, empapado en mi propia sangre, para recibir una salva de aplausos y el abrazo de V. Me conducen a un hospital. Al término de las curaciones, V. me visita, acaricia mis cicatrices y me sonríe llena de admiración.

Cuando bajé del colectivo me puse un poco triste. Pensé que, de mediar la realidad, los desenlaces de las fantasías serían algo diferentes. Medité sobre ese algo. Para consolarme, me compré un alfajor.

martes, agosto 08, 2006

Alberto y María (Presunciones Celestes)

Alberto y María se querían mucho. Pero a veces ocurren, cuando se siente uno más pleno y más feliz, acontecimientos desagradables. Y en esta oportunidad, María se murió. Alberto se entristeció algo, no demasiado, pues sabía que ella lo aguardaba en el Cielo. Pero no se resignaba a esperar hasta su propia muerte para el reencuentro. Porque no había tenido ocasión de despedirse, quería verla una vez más, y en “circunstancias terrenales”.
Sopesó entonces la idea de vender el alma al Diablo, pero la rechazó. En primer lugar porque estaba muy manoseada, y en segundo lugar porque aquel día juntos no valía una posterior eternidad separados.
Como era un hombre sin matices, pasó directamente al extremo opuesto de esa idea: “¿Y si le vendiera el alma a Dios?”. Estas palabras surgieron en su mente como una revelación de verdad. La ocurrencia era simple, las ventajas, todas: la anhelada jornada con María y el cielo asegurado.
Embebido en esa irrebatible lógica, Alberto redactó y pronunció su plegaria.
Ya sea confundido por la inusual propuesta, o conmovido por su originalidad, el Todo Poderoso la aceptó.
Durante la mañana y la tarde siguientes, Alberto y María se divirtieron, rieron, comieron y se amaron, como solían hacerlo. Al llegar la noche, para matar un silencio que se había producido durante la cena, María refirió pormenores de su existencia en el Infierno. Sin terminar de comprender, con incredulidad en el rostro, Alberto preguntó:
- ¿Qué dijiste?
- Que el olor del azufre hirviendo es bastante molesto.
Se enfureció. No sabía si con ella, por no haber conseguido el Cielo, o si con él mismo, por suponer que así había sido. El torbellino en que se había convertido su cabeza pronto lo cansó, y aunque aún les quedaban algunas horas juntos, Alberto fue a pasarlas a un bar, solo. Desde entonces anda amargado por la vida, cometiendo toda clase de actos imperdonables para ganar el Infierno, pero inútilmente: está condenado al Paraíso.

Diario del Punchador [5]

Las paredes se sacuden, el piso se mueve. Pará con el martillo, por Dios pará. ¿Es posible martillar con esa regularidad, con esa violencia? Estoy francamente agotado, son ya demasiados días trabajados en el ojo del bullicio.
Ayer completaron la construcción del nuevo estudio en el segundo piso, desde donde ahora escribo. Pero la calma está muy lejos de volver. Apenas hube abandonado mi viejo recinto, los hombres de overol, acechando cual hienas, lo acometieron rabiosos. En una tormenta de polvo, a fuerza de sierra y palo, todavía siguen devorándolo. Y no es que no haya soñado alguna vez con esta destrucción tan total de mi oficina. Pero en ese sueño, mientras es demolida, la habitación esta llena: mi escritorio, mi maldita computadora, todos los perros clientes de Textil Corp., y no pocos empleados estan ahí. Y también estoy yo, riendo.

jueves, agosto 03, 2006

Naturalmente

Ocurrió en pleno centro de la ciudad. Caminaban por la misma vereda, en opuesta dirección, enfrentados. Ella con tranquilidad; él, algo apresurado. Porque sobresalían entre el gentío, atrajeron mi atención. De pronto, bruscamente, ambos se detuvieron al mismo tiempo, a escasos metros uno del otro: se habían visto. No obstante, por la forma en que se miraban, estudiada, curiosa, entendí que no se conocían. Ella permaneció en su lugar, algo tiesa. Él, cautelosamente se aproximó. Sin mediar palabra, con lentitud, acercaron sus labios: perceptiblemente se tocaron. Luego, concentradamente, absorbieron el uno del otro sus aromas. Aquí parecieron extasiados. El contacto físico se propagó mutuamente a otras partes de sus cuerpos. Ambos eran, por cierto, muy hermosos. Entonces comenzaron a agitarse; sus movimientos a hacerse mas exaltados; sus gemidos, más audibles. Y ahí mismo, ante la indiferencia de los transeúntes, él la poseyó con furia y sin resistencia. Yo proseguí mi camino, encantado de aquel espectáculo que tan naturalmente se había desarrollado. Siempre los recordaré: ella era, creo, una dálmata; él, estoy seguro, un Fox Terrier.

Diario del Punchador [4]

Jueves 3/8/06

Siempre sobre la hora, no me queda más alternativa que optar por un taxi al momento de viajar al trabajo. Esta eventualidad, de la que puede inferirse un signo de comodidad, constituye en cambio para mí, cada vez más, un motivo de fastidio. Y es que muchos taxistas asumen que estoy ávido de sus historias. Que viajo sólo por el placer de hacerme contar una anécdota vulgar a las ocho de la mañana. Y no es que no me gusten las anécdotas, porque me gustan y mucho. Pero la invención de un tachero (pues resulta evidente que al menos la mitad de lo que cuentan jamás ocurrió) no vuela más allá de una pelea callejera, o una persecución en auto con tiroteo incluido a último momento, porque se ve que la persecución a secas no estaba causando el impacto deseado, o algún romance con una pasajera rubia. Siempre rubia.
Y no tengo la fuerza para aguantar eso. A la mañana no. Quien lea esto podrá suponer que yo los animo a sus fábulas con alguna risa, movimientos de cabeza o siquiera un monosílabo estratégicamente colocado para dar coherencia a mi calidad de oyente. Pero no, mi descontento es transparente. He llegado a bufar, mascullando palabras ofensivas, pero en vano. Son impermeables a mí.
Esto viene a que el chofer de hoy, sólo para justificar el no llevar puesto cinturón de seguridad, me contó que hace veinte años compartía el turno de un taxi con su mejor amigo. Y a este amigo, una noche, ¿a que no sabés qué le paso? ¿No se te ocurre? Sí, lo ahorcaron con el cinturón de seguridad que llevaba puesto. Mi narrador tuvo que ir a la morgue a reconocer el cadáver: “ahí estaba, con los ojos todos saltados”.
Cuando en la municipalidad él explica esto, le perdonan las multas.

martes, agosto 01, 2006

Casi Nadie

Un hombre despierta de una siesta larga. Es domingo, y han de ser las siete y media de la tarde. Camina al baño y se para frente al espejo. Hay en el cuarto la medialuz de un atardecer avanzado. Se mira con cuidado y baja la cabeza: ha confirmado que es viejo. Observa su cuerpo débil, cubierto de manchas y arrugas, y se recuerda joven. Recuerda a un buen amigo que una vez tuvo, a una mujer que se le escapó por mucho, a una familia muy querida. Sabe que el salón contiguo esta vacío, y que el teléfono permanecerá callado. De pie frente a su reflejo, no puede contener un gemido. Se avergüenza de sí mismo y murmura:
- Ay, Dios…
De pronto, la solución le llega. Está muy lúcido, la comprende claramente. Dice en voz alta:
- Yo no debería haber nacido.
Siente que ha dicho la verdad por primera vez en su vida, y ese sentimiento le infunde cierta armonía.
Finalmente, resuelve que la muerte no le corresponde. Entonces, lentamente desaparece.

Diario del Punchador [3]

Martes 1/8/06

Ilustración de las (malas) maneras de J... - o del jefe que habita en él -, en un solo acto, a saber:

Mi oficina se cae literalmente a pedazos porque, sobre ella, albañiles levantan una nueva. El desorden daña la vista, puesto que mi pequeño recinto, usualmente saturado sólo de mis artículos de trabajo, aloja también ahora las basuras de oficinas vecinas en refacción. Hay sierras, hay chispas, hay martillos. Y todo hace ruido. Y todo lo cubre el polvo.
Y sí, es en mi escritorio atiborrado, en el cual es difícil distinguirme entre tanto papel y tanto trapo, donde a J... no le cuesta ver una minúscula cajita de escarbadientes. Desde su escritorio. Desde su oficina.
- ¿Son escarbadientes?
- Sí.
- ¿Y para que los tenés?
- Para escarbarme los dientes después de almorzar.
La mirada se le pierde. Silencio.
- Guardalos en el cajón.

lunes, julio 31, 2006

La Cita

Alejandra tardaba en llegar, como siempre, pero esta vez un poco más. Gabriel había preparado la cena; le salió bien -una rareza-, porque la hizo para ella. Para mitigar la espera, encendió seguidamente radio y cigarrillo y se arrojó en el sillón. Pensaba en la impuntualidad, cuando el locutor de la radio lo distrajo:
“…grave accidente de tránsito en la calle Niceto Vega, intersección Malabia…”.
“Eso es acá nomás” pensó distraídamente Gabriel.
“… vehículo completamente destruido, modelo Ford Ka, color rojo…”
- Como el de Alejandra – murmuró con una leve inquietud.
“… víctima fatal, joven de sexo femenino…”.
Abordando la alarma, lo interrumpió el timbre. Era ella, espléndida como nunca. Vestía con una simpleza encantadora. Lo abrazó y le dio un profundo beso, que primero lo disuadió y luego lo olvidó de cualquier reproche.
- Te extrañé – susurró Alejandra.
La cena fue sustituida implícitamente por el amor.
Al rato ambos fumaban entre las sábanas. Mirándola apoyada en el respaldo de la cama, Gabriel le notó una calma que no le conocía. Una suave claridad se le desprendía de la piel. Su cuerpo indicaba paz.
Estos descubrimientos, sin embargo, le suscitaron una angustia que – se aseguró a sí mismo – no comprendía.
Como si leyera su pensamiento, Alejandra le habló:
- No seas egoísta – dijo con tono maternal.
Simulando no entender, Gabriel contestó con nerviosismo:
- ¿Egoísta? ¿Yo?
- Voy a estar bien – replicó ella.
Él sintió lágrimas, pero las contuvo.
- Tengo miedo – admitió estremecido.
- No tengas. Yo no tengo – le sonrió.
- ¿Sabías – agregó ella – que te quiero más de lo que alguna vez te probé?
Esta vez el llanto fue incontenible.
- Yo también.
Apagaron la luz y se besaron en la oscuridad. Antes de cerrar los ojos, como si recordara algo, él dijo:
- Gracias por venir, a pesar de todo.
Ella no respondió.
A la mañana siguiente Gabriel asistió, sin tristeza, al entierro.

viernes, julio 28, 2006

Diario del Punchador [2]

Jueves 30/3/06

Los clientes que se acercan para desarrollar los dibujos que bordarán en sus nuevas mercaderías obran -sin excepción- de la siguiente manera: cualquiera llega y dice “¿Ves esto?” -me entrega una prenda bordada o la foto de una prenda bordada adquirida casi siempre en el extranjero, de bello, opulento y ajeno diseño- y ordena: “Quiero que me hagas uno idéntico”. Imposible. No se puede. Y si se pudiese no se lo haría. Sí, por eso, porque me caen mal su haraganería y su actitud hipócrita. Hipócrita. Ya sabe que no se puede. Él y yo sabemos que cuando le diga “No, mira, esto que me traes esta hecho con una tecnología que nosotros no tenemos, este hilo no lo podemos trabajar porque X razón, este otro no se puede conseguir, el tamaño de esto excede nuestra capacidad, etcétera” me va a contestar, como al pasar, como si no hubiera venido sólo para pronunciar esas palabras y desembarazarse del asunto, para librarse del tedio de diseñar su propio bordado, me dirá “bueno, hacé lo que puedas, que quede lindo”.
Y ahí yo bajo la cabeza y digo que esta bien, que con las herramientas que tengo voy a hacer mi mejor esfuerzo por alcanzar su noción de lo que es “lindo”, esfuerzo que va a consumir mucho de mi tiempo y de mi energía, que va a requerir varias repeticiones de prueba y error, además de una perspicacia que no tengo para captar sus preferencias estéticas, porque por alguna razón se niega a decirme lo que le gusta o lo que quiere, porque es más cómodo que yo lo adivine aunque mi función en esta fábrica sea muy otra, no la de oráculo sino la de autómata y le digo que sí, que gracias por venir, y no le digo que tiene la buena suerte de que ya otros miserables como él representaron mil veces antes la misma bajeza y me templaron este carácter concesivo del que se sirve ahora porque si no le arrancaría el hígado de una mordida.

Lunes 3/4/06

Para que se comprenda la magnitud de lo sucedido el día de hoy, refiero ciertas circunstancias ocurridas algunos meses atrás.
C..., esposa de J...
y accionista minoritaria de este paraíso de telas, agujas, máquinas estridentes y trabajadores horrorosos que es Textil Corp., tiene un padre. A este padre, que de ahora en adelante llamaré B..., le llegó el turno de sumar su nombre a la nómina de hombres retirados de la actividad laboral, o dicho más claramente, tuvo que jubilarse de su antiguo empleo de chofer. Renegando de tal destino no tuvo mejor idea que ofrecer sus servicios y su tiempo libre a mi jefe, es decir su yerno, es decir J..., quien, desprevenido y acorralado por el vínculo familiar, lo admitió. Comenzó entonces a trabajar con nosotros en el edén antes citado, ocupando un cargo cuya utilidad nunca pude precisar del todo y cuyo ejercicio padecí amargamente. Su actividad era, sin faltar demasiado a la verdad, la que describo a continuación: sentarse en el escritorio contiguo al mío y contar chistes. ¿No parece algo muy alarmante verdad? Sin embargo lo era. En primer lugar, no contaba chistes sino más bien historias largas que se pretendían graciosas. No podía simplemente hablar a quien quisiera escucharlo; exigía toda la atención de su interlocutor. Uno tenía que dejar de hacer lo que estaba haciendo, mirarlo a la cara y aguantar hasta el remate, invariablemente malo, todo sin abandonar una adecuada sonrisa de cortesía.
Pero un buen día, sin que observara yo ninguna razón, se fue. Y como no regresó al día siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente, enseguida olvidé todo sobre él, así como se olvidan los sueños incómodos y desagradables a poco de despertar. Muchos más días pasaron en los que fui muy feliz, sintiéndome más liviano, casi etéreo, desembarazado al fin de aquel gravoso lastre. Mi satisfacción era tal que no se me ocurrió preguntar el motivo de aquella deserción.
Y así llegamos al presente día, en que todo se aclaró de la peor manera: entré a mi oficina y ahí estaba el mismísimo B..., en su puesto de siempre, ejecutando a viva voz su tarea de siempre. Yo creí -y nunca confirmé- que él había renunciado; sólo estaba de vacaciones.
Ahora esta de regreso y con toda su capacidad de fastidiar repuesta. Mientras escribo esto, me habla.

Miércoles 5/4/06

Sentado detrás de mi escritorio, a media mañana, a media luz, me dedicaba a una matriz cuando R...., compañero de oficina, hizo sonar, contra su costumbre musical, cierta canción que hacía tiempo yo no escuchaba. Me agarró tan desprevenido que me encontré de un golpe en el patio del Normal 4, en una madrugada fría de hace cinco años. Con el alma en la mano busqué entre el tumulto de guardapolvos a la responsable de aquella mañana. Ahí estaba. Por Dios, cuánto la había extrañado. Hacía cuánto tiempo no la veía de verdad, rasgo por rasgo, hacía cuánto tiempo no sentía esa cosa en la garganta que estaba sintiendo ahora. Alguien me preguntó a que hora iba a terminar la matriz y volví a la oficina.

Jueves 6/4/06


Hay festejos en el sector de punchado, pues ha llegado el fin de la temporada de diseño. Eso significa que no tengo ninguna matriz para hacer. Ni una sola. Por eso ahora me dedico a aclarar algunos interrogantes que me aquejan desde siempre, como por ejemplo ¿Cuántas horas consecutivas puede un individuo sano dedicar a la limpieza de un teclado de computadora? La respuesta es seis.

Que no te pase (a mí no me pasó)

Primera cita. Paseábamos por la calle. Yo creía que todo iba bien.
Digo: “Así que trabajás de secretaria en una empresa de marketing”.
Dice: “Mhm”.
Digo: “Verónica, Verónica… -jugaba a pronunciar su nombre-, Vero… ¿Sabías que la secretaria de mi jefe también se llama Verónica?
Dice: “Obviamente no”.
Suspira.
Digo: “Hay una teoría que dice que el nombre de una persona define sus actos, o algo así. Es un poco aburrida. En resum…”.
Dice: “Si es aburrida no me la cuentes – levanta la mano, para un taxi -, estoy algo cansada de cosas aburridas”.
Sube al taxi. Se va.

jueves, julio 27, 2006

Diario del Punchador

Jueves 16/3/06

Dos personas discuten sobre trabajo en mi oficina. Hablan de cantidades de prendas, de remitos, facturas, puntadas, cotizaciones, de contar prendas, de recontar prendas. Esas palabras, que son iguales, me cansan mucho, muchísimo. La luz blanca del tubo, el día color verdoso, color tormenta, la llovizna, completan un momento amargo.

Martes 21/3/06

Me dedico a la ingrata tarea de asignar código a cada una de las, aproximadamente, dos mil quinientas matrices que guardo en mi computadora (todas las que hice en mi vida de punchador, hasta hoy). Para esta labor los párpados parecen ser el mayor obstáculo, ya que tienden a cerrarse durante dilatados períodos, más de los que la prudencia aconseja en horario de trabajo.

Miércoles 22/3/06

Advierto que cuando no consigo interesar a una mujer que me gusta pienso: “es porque todavía no me conoce” o: “no logra ver mi mejor faceta” o peor: “claro, todavía no hablamos de temas que me interesen, por eso no tuve oportunidad de ser gracioso y elocuente”. Cuando trato con una mujer el tiempo necesario para que cualquier faceta poco visible haya necesariamente emergido, o para que todos mis temas de conversación predilectos hayan sido tocados, y aún entonces no logro atraer su atención, llego a creer: “qué bien reprime sus sentimientos”. Debería ya saber que la mayoría de las mujeres que conozco no profesan una gran devoción por mí y que además todas me consideran bastante infantil.

Memorias de una Vida Trivial

Recuerdo que cuando era más chico quería escribir una historia con ese título. Trataría simplemente de un hombre que llega a viejo y muy deprimido nota que su vida fue muy común, sin ningún sobresalto. Como no se resigna a esa llaneza, a no dejar algún indicio de sí, decide compilar sus experiencias y (o) banalidades, apreciaciones, etc., en un libro de memorias. Pero al final, quizá por vergüenza, lo redacta en tercera persona; no lo firma.
Esfuerzo un poco la memoria y puedo verlo, estudiándose frente al espejo, mirando el reflejo de su desazón y anotando luego: “… el cigarrillo le había hecho los dientes amarillos”, y cosas del mismo tenor.
Eso es todo lo que puedo evocar. Nos estoy seguro sobre si voy a escribirla. Debería hacerlo porque, cada noche antes de dormir, descubro que durante el día he recopilado material muy idóneo para esa obra.