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Algún bien hago a los hombres. Al menos este vaivén miserable no es del todo vano. A los melancólicos incurables, a los desesperados que temen el paso del tiempo, que miran con tristeza el cambio sin freno que sufre cuanto los rodea, preguntándose a dónde van esas cosas que ya no son, si es que a algún lado van, a ellos les digo que sí, que las mascotas se mueren, que las plantas se secan. Que el empapelado se cae, que las novias nos dejan y que lo que es blanco se vuelve amarillo. Y que todo esto sería intolerable si no existiera yo. Así es, yo, el punchador. Porque cuando la angustia de lo irreversible les esté destrozando el corazón, cuando miren el espejo y encuentren a un extraño, aquí seguiré yo, cumpliendo este ciclo eterno y ridículo de renunciar a un taller de bordados para entrar en otro.
Este modo de operar es tan inconsistente con lo que parece ser mi deseo, tan simétrica y tan imbécil es su repetición, que ha quedado fuera de lo que la psicología es capaz explicar. Ciencias de mejor reputación, como el ocultismo y las carreras de caballos, tampoco hicieron aportes significativos. Pero yo estoy seguro de que una explicación debe existir.
Hoy renuncié a mi trabajo. Otra vez. Volví a casa caminando, con el cerebro en silencio. Me preparé un mate y prendí un cigarrillo. Pedí sensatez. Creo que no me la dieron, porque a continuación escribí: "Tal vez yo sea –lo digo con humildad- el eje del universo. La constante que necesita para no desbaratarse, de donde pueden aferrarse los hombres para no perder la cordura, cuando sientan que todo esta sujeto a la transformación y a la muerte." Cerré el cuaderno, y la súbita conciencia de haber desperdiciado otros tres minutos de mi vida en anotar algo así, me hizo llorar.
Ahora bien, dejando a un lado estas muy cuestionables líneas, quiero hacer, con la impunidad que me caracteriza en estos casos, un anuncio final. Suponiendo que exista una relación -de la que hasta ahora no tengo pruebas- entre lo que quiero hacer y lo que finalmente hago, ya no volveré a punchar.